¿Cómo lo hacían nuestras abuelas?

Hoy quiero compartir una inercia que observo desde hace años en mí día a día trabajando con familias y que me entristece: cada día sufrimos más y disfrutamos menos la educación de nuestr@s hij@s. Vivimos en la “sociedad de la información y la comunicación”, tenemos a nuestro alcance todos los conocimientos del mundo, y el acceso a ellos nunca había sido tan fácil; pero a pesar de ello nos sentimos más inseguros y perdidos que nunca. ¿Cómo es posible?

En este punto siempre me gusta hacernos la misma pregunta: ¿Cómo lo hacían nuestras abuelas? Ellas no tenían cientos de artículos, libros, y teorías pedagógicas a golpe de click; no leían revistas premamás, no conocían 10 métodos diferentes para hacer dormir a sus hijos,  ni contaban con cursillos premamá, grupos de lactancia, apps para calcular la dieta de sus hijos, una psicopedagoga en la escuela…etc. Sin embargo estaban mucho más acompañadas en el desempeño de su maternidad, la vivían con más naturalidad; y sobre todo se regían por una premisa que a nosotros a menudo se nos escapa entre tanto bombardeo de información: el sentido común.

No soy ingenua y tengo en cuenta las evidentes distancias socio-culturales  socio-económicas; estilos de vida y prioridades; pero me sigue resultando paradójico que cuanto más informados, preocupados y ocupados estamos en la educación de nuestros hijos, más dificultades tenemos para afrontar el día a día.

A menudo encuentro familias volcadas en cuerpo y alma en su educación, y que sin embargo tienen continuamente la sensación de ir a la deriva; familias que sufren, que se sienten impotentes y fracasados cuando el camino apenas ha comenzado. ¿Cómo es posible querer hacerlo tan bien y poner tantas energías en ello, y al mismo tiempo tener tanta sensación de fracaso?

Reflexionando sobre ello se me ocurren dos razones por las que nos es mucho más difícil el día a día en la educación de nuestros hijos de lo que lo era para nuestras abuelas:

La primera es que estamos muy solos, muy informados y “conectados”, pero solos. Carecemos de referentes cercanos de maternidad/paternidad. Años atrás las familias vivían mucho más aglutinadas, la familia nuclear en raras ocasiones se separaba de la familia extensa y crecíamos rodeados de primos, tíos, hermanos, sobrinos…. También se hacía mucha más “vida de barrio”, o de pueblo, como quieran. El caso es que los niños jugaban en la calle, las madres y padres se encontraban en las plazas, conocíamos a los vecinos, nos contaban sus vidas…. Todo ello hacía que en el momento de afrontar nuestra maternidad/paternidad, contáramos con numerosísimos referentes cercanos, habíamos visto cómo se hacía, teníamos con quien comentar nuestras dudas y miedos, recibíamos consejos, opiniones…. Hoy en día, nuestro estilo y ritmo de vida, los horarios laborales, etc.; hacen que estemos separados del resto de nuestra familia extensa, que apenas conozcamos a nuestros vecinos y que nuestras relaciones sociales sean más limitadas y planificadas, sin apenas tiempo para dejar fluir y disfrutar del discurrir del día a día.

La segunda es el elevado coste vital que tiene hoy en día tener un hijo. La maternidad requiere a menudo una exhaustiva reorganización y planificación: replanteamientos a nivel personal, de pareja, laboral, horarios, logística, y por supuesto un gran replanteamiento económico. Todo ello hace que cuando el bebé llega sean muchas las expectativas puestas en él, de forma más o menos consciente, y todo el funcionamiento familiar gire en torno al recién llegado, viviendo cada decisión referente a él como si fuera de vida o muerte.

Debido al elevado coste vital que nos ha supuesto tenerlos, se convierten en el centro del universo familiar, y ellos nacen y crecen sabiéndolo; y es aquí cuando se nos empieza a complicar todo. Oía hace poco como alguien decía: “Yo nunca me he comido el mejor filete de carne en casa. Cuando era niño se lo comía mi padre por ser el cabeza de familia, y ahora que soy padre  se lo come mi hijo. Somos la generación perdida”.

Retomo aquí a nuestras abuelas ya que creo que nos pueden ayudar a entender por qué se nos complica todo tanto. Cuando un bebé llegaba a las familias de hace algunas generaciones, la vida seguía tal y como estaba hasta entonces, y era él quien se había de acoplar y adaptar al ritmo familiar y no al revés. El recién llegado iba descubriendo su lugar en la familia a medida que iba creciendo y la familia se iba reajustando a medida que era necesario, viviéndose todo de forma más natural. La vida no era más fácil; sólo fluía, de la forma que fuera, pero fluía, sin más teoría ni metodología que la del sentido común.

 

Elena Vélez Agustín

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