Niños y etiquetas. Una oportunidad para la diferencia.

Hace unos meses leí un artículo médico que –aparentemente tirando piedras sobre su propio tejado- ponía en cuestión lo que llamaban la “extinción del niño sano”.

http://www.medicossinmarca.cl/medicos-sin-marca/la-extincion-del-nino-sano/

http://www.medicossinmarca.cl/medicos-sin-marca/la-extincion-del-nino-sano/

Viene a decir que cada vez es más difícil encontrar un niño con un historial médico inmaculado, sin ninguna etiqueta que patologice -y lo que es peor cronifique- procesos y respuestas más o menos frecuentes de nuestro organismo en desarrollo: pieles atópicas, hipersensibilidades, intolerancias alimentarias…

Pero no me preocupan tanto las etiquetas dermatológicas o digestivo funcionales cuya peor consecuencia es pasar el resto de la vida embadurnados en cremas o con una incómoda dieta. Las etiquetas realmente dañinas no hablan sobre lo que los niños “tienen”, sino sobre lo que “son”. Estas etiquetas son las más crueles, dejan huella de por vida, y sentencian a los que las llevan, condicionando su futuro desarrollo: niños agresivos, compulsivos, conflictivos, ansiosos, hiperactivos, pasivos, retraídos, negativistas, psicosomáticos, dispersos, lentos, rápidos, introvertidos, extrovertidos…

Una anécdota reciente que me ha hecho pensar en todo ello. En el aula de cuatro años de una escuela faltaba un niño y al preguntar la maestra por él los compañeros dijeron: “Está en el psicólogo”. En seguida de forma espontanea surgió una conversación entre ellos: “Es el médico de las palabras”, dijo uno. “No, es el médico de los juegos”, añadió otra. “No, te tumbas y te enseña unas fotos”, continuaban explicando. “Pues el mío me pone deberes para hacer con mi madre” dijo el último. Y yo me pregunté cuántos niños de la clase estaban yendo a terapeuta.

Y no es el hecho de que un niño vaya al psicólogo, que no voy a ser yo ahora la que tire piedras sobre mi tejado. Mi preocupación es cuántos niños tienen la consciencia de que tienen un problema y cuántos de esos problemas tienen alternativas de afrontamiento menos estigmatizadoras que abrirles un historial y un interminable recorrido por centros, terapias, sesiones, e incluso medicación.

Me preocupa la creciente patologización de la infancia, el hecho de que cada vez haya más niños que desde muy temprana edad son clasificados y etiquetados de por vida. Sí: de por vida. Ya que aunque más adelante se retire el rótulo, la huella queda, y no sólo en los historiales médicos, escolares y psicológicos; sino que queda la marca en el histórico más importante de todos: en el propio niño que lo ha vivido en primera persona y que ha visto como su “ser” era sometido a juicios y valoraciones constantes en los años más importantes de su crecimiento y desarrollo como persona.

Me pregunto si esos mismos niños en otro entorno social y cultural, con otras formas de hacer y de vivir, también serían cuestionados. O quizás sean ellos los que estén cuestionando nuestra forma de vivir, y su “inadaptación” sea su forma de revelarse e indicarnos que algo no estamos haciendo bien.

Me pregunto también a qué responde esta creciente necesidad de evaluar, clasificar, diagnosticar y encasillar a las personas desde las primeras edades como si de libros en estanterías de la biblioteca se tratara.

Y se me ocurre que nuestra homogeneizadora sociedad tiene tanto miedo a “la diferencia” que, cuando encuentra una persona diferente al resto en el aspecto que sea, tiene la necesidad de meterla en un cajón con otras personas igualmente diferentes y poner un nombre a ese cajón.

 

Pero, ¿Por qué este asedio y persecución a la diferencia?

En primer lugar por nuestra obsesiva necesidad de control. Los iguales son predecibles, mientras que las respuestas de los diferentes no lo son, y esta espontaneidad y particularidad añaden un punto de incertidumbre y de sensación de falta de control sobre las respuestas de los individuos. Si aceptamos que todos somos diferentes, aceptamos formas de pensar, de hacer y de vivir diferentes, y quizás se abre demasiado el abanico de posibilidades.

En segundo lugar y relacionado con lo anterior por pereza; si todos somos diferentes hay que esforzarse más por conocer al otro, por saber cómo es, pensamientos, gustos, necesidades, formas de hacer, qué espera de nosotros, qué podemos esperar de él…. Unida a esta pereza estaría la cobardía, ya que lanzarnos a interactuar sin saber lo que nos vamos a encontrar supone siempre un riesgo, en cambio si todo el mundo nos comportamos igual y los diferentes están bien identificados y etiquetados, no arriesgamos tanto.

Y por último, no seamos ingenuos, la incalculable masa de dinero que mueven las etiquetas: fármacos, medicinas alternativas y superalternativas, terapias, pseudoterapias, profesionales, pseudoprofesionales, literatura, pseudoliteratura….Todos listos para “curar” al niño de su no-normalidad.

¿Cuáles son las consecuencias de este proceso de normalización?

En mi opinión, al ver “la diferencia” como una enfermedad y no como una oportunidad, pagamos un doble precio:

Por un lado la estigmatización de gran parte de nuestra futura sociedad, en la que un alto porcentaje de la población estará marcado de por vida como mínimo en su identidad personal, y muy probablemente además cronificará una necesidad aprendida a buscar ayudas externas para superar y adaptarse a los diferentes retos que la vida le ponga en el camino.

El segundo precio no lo pagan sólo las personas víctimas de la etiquetación, sino que se extiende a toda la sociedad; sociedad que nunca sabrá todo lo que se ha perdido al empeñarse en encajonar a las personas y castrar su potencialidad.

¿Cuántas mentes brillantes, personalidades arrolladoras, grandes pensadores, genios, artistas, soñadores, líderes, emprendedores, creadores, científicos locos… etc quedan secuestradas, minimizadas, acomplejadas o como mínimo neutralizadas?Aunque parezca contradictorio, son muchos los ejemplos en nuestra historia en los que la lucidez ha aparecido disfrazada de locura; si nos empeñamos en coleccionar los disfraces, nunca llegaremos a la esencia de las personas.

PD: Vaya por delante mi absoluto respeto a las patologías reales, a los niños y familias que las sufren y a los profesionales que las tratan; pero creo necesaria una reflexión sobre una inercia a priori cómoda pero muy dañina a posteriori si no somos rigurosamente éticos y profesionales.

Elena Vélez.

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